Leyendo un libro de Tauffen, titulado “El mundo oriental”, estoy descubriendo algunas cosas interesantes, como que el segundo origen de la humanidad es Asia central (el primero fue Africa), y que las razas humanas se expandieron más o menos de la siguiente forma, hacia el noroeste la blanca, las asiáticas hacia el noreste y las negroides hacia el sur, lo que tiene sentido por aquello de la profusión de melanina y la exposición al sol.
Actualmente poblamos el planeta alrededor de 6500 millones de seres humanos, que vivimos según latitudes económicas y políticas en desigual forma. Aproximadamente no tenemos dificultades importantes para subsistir unos mil millones, y sobre dosmil millones tienen alguna dificultad. Los tresmilquinientos millones restantes presentan bastantes dificultades para hacer una dieta suficiente, para tener un sitio donde dormir y para contar con lo mínimo necesario para llevar una vida cotidiana mínimamente satisfactoria.
A la vista de estas cifras, el mundo no está bien organizado. Hay mucha miseria dispersa para considerarnos seres civilizados. El problema es difícil de resolver por que la civilización occidental que es la que actualmente disfruta de mejor posición sobre las demás está asentada en el sobreconsumo y en la producción incesante, con lo que cada día que pasa, los más afortunados tenemos menos tiempo libre, aunque podamos disfrutar de muchas más cosas a nuestro alcance, que luego pasado el periodo de sorpresa se convierten en problemas.
El tiempo en Occidente cada día es un bien más escaso, por lo tanto más anhelado; cuando se dispone de un trabajo y el dinero suficiente para llevar una vida sin problemas, es el bien más deseado. Los sistemas de organización de nuestra vida que se han implantando en las sociedades del primer mundo no han sido humanizados, y provienen en buena parte de la servidumbre feudal, primero al señor, luego al rey, luego al Estado, pero siempre al sistema.
Parece mentira, pero en pleno siglo XXI nadie se ha dedicado a organizar las cosas, salvo los malos ejemplos de los países comunistas y sus economías planificadas, que hicieron exclamar a un sociólogo marxista de nombre Kerkoff, lo siguiente: “menos mal que el muro ha caído, ahora, por fin, Marx ha quedado libre de sus intérpretes”, por que al respecto, la extinta Unión Soviética, China y otros ejemplos de socialismos de Estado, han interpretado a Marx, como una vaca puede interpretar una sinfonía de Bethoven con su cencerro, para dar lástima.
Pero prosigamos con la cuestión, si se trata de organizar el mundo, habrá que contemplar la historia para no cometer los mismos errores de siempre, pero también habrá que mirar el futuro desde la plataforma privilegiada del presente, con el estallido tecnológico y comunicativo al que estamos asistiendo.
Desde mi ciudadanía en este planeta quiero realizar algunas propuestas sencillas, pero eficaces a la larga, sin duda.
La primera es dotar a la ONU de poderes reales, es decir, fundamentalmente de dinero, por lo que sería necesario que en los países avanzados se dedicara un porcentaje del PIB a su manutención y desarrollo (aquí se puede incluir el 0,7 famoso de impuesto compensatorio con los países menos desarrollados). Pero también un tres por ciento de la estructura burocrática, de las tecnologías, de los militares, de los sanitarios. Es decir, cada Estado tiene que conceder al bien común una parte equitativa, y el que no pueda aportar dinero, que aporte otras cosas, todo se puede arreglar con buena voluntad.
La segunda es erradicar diversas cosas que nos distorsionan la vida, como el hambre, las guerras, las enfermedades en los países más pobres y las diversas formas de corrupción en los países más ricos, incluidas las diversas propagandas políticas y publicidades engañosas. Es decir, el mundo tiene que alcanzar una talla moral de la que actualmente carece, y un talante ético que hoy está ausente.
La tercera es promover a los mejores a los puestos de responsabilidad política y económica, y poder destituirlos con la misma facilidad si no muestran capacidad para ocuparlos y estar a la altura de los requerimientos.
La cuarta es cambiar por completo la política educativa que se hace en los países avanzados y en los menos desarrollados. Si vivimos en un mundo globalizado, debemos disponer de una cultura globalizada, más allá del futbol y la cocacola. Creación de asignaturas que hoy no existen como conocimiento del mundo y de sus culturas, economía doméstica, iniciación a la participación política, filosofía de lo cotidiano. Esta formación común, nos hará comunes y no extraños en relación a otros.
La quinta se refiere a la metodología del proceso, es decir, periodos, desarrollos, implantación y otras cosas relevantes. Será necesario un periodo de transición, y una implantación paulatina, de la que se encargará a expertos en organización de sistemas y programadotes de recursos.
Por último, como vivimos en democracia, el plan debe ser asumido por todos los ciudadanos por lo que por primera vez se tiene que llegar a un acuerdo mundial sobre algo, y ese acuerdo no puede ser otro que aquel que nos permita organizar nuestra existencia de la forma que queremos y no de la que nos imponen. Es decir, como no hay otra forma de hacerlo, creo que la única es que todas estas propuestas se organicen de una forma sencilla y se cree un foro en internet en el que la gente manifieste que está de acuerdo con ellas y que las apoya con su nombre y firma.
En tres años, puede haber más de mil millones de ciudadanos que digan si o no a algo, y lo más importante, de forma alternativa a los canales habituales. Creo que el mundo se está preparando para su gran revolución, y esta no puede ser de otra forma que sobre una propuesta compartida por una inmensa mayoría. Esa mayoría silenciosa de la que tanto se habla, debe expresarse de una vez por todas y para siempre. A mano alzada, o con el indicador del puntero en la pantalla sobre la alternativa adecuada.
Este proceso va a comenzar muy pronto, por que el ser humano siempre que tiene la oportunidad de cambiar a mejor lo hace, así ha ocurrido siempre y así seguirá ocurriendo. Las únicas fuerzas que impiden este cambio son los que viven bien de que no se produzca.
Mi propuesta es que se elimine la figura de los intermediarios entre las necesidades reales y las decisiones de los ciudadanos, por que no se necesitan. Es imprescindible que se creen foros de apoyo a propuestas concretas con capacidad y legitimidad política más allá de dirigismos interesados.
Ha llegado la hora de que la mayoría silenciosa hable, y la minoría de sus representantes se calle. El único problema importante de los países occidentales es como conseguir que los ciudadanos pueden recuperar el poder político que les pertenece, de la usurpación de los detentadores, que son los representantes políticos que ellos mismos eligen.
En los recientes intentos de legitimar una constitución europea, se ha visto la rebelión de los ciudadanos ante las propuestas de sus representantes. El modelo político occidental de legitimación política está absolutamente agotado, y nuestros políticos lo saben, por eso han comenzado a marear la perdiz y lo van a seguir haciendo, para que veamos lo importantes que son para organizar nuestras vidas.
Por eso nos hacen vivir en la conciencia de alerta permanente ante una agresión desconocida en forma de terroristas o extraterrestres si se tercia. El poder se mantiene aterrorizando a las masas y sobornando a los que protestan, es tan viejo como el arte de la guerra de Tsun Tzu o el príncipe de Maquiavelo.
A nuestros políticos les interesa un pueblo socialmente analfabeto, como a Luis XIV o a los Reyes Católicos, ya sabemos que la mejor definición de democracia la hizo Cea Bermudez, aquel ilustrado absolutista, cuando dijo que el mejor gobierno es aquel que hace todo por el pueblo, pero sin el pueblo, o como hoy podría decirse, todo por el pueblo, con el apoyo implícito de la mayoría silenciosa. Solo cambian las palabras, pero los actos son los mismos.
El pueblo ha evolucionado y lo sigue haciendo, pero los políticos que nos representan permanecen atrapados en las normas, formas y sombras de sus antepasados del siglo XIX. Es una auténtica imprudencia permitirles que sigan jugando con nuestra existencia.
Cuando la mayoría abandone el silencio, sencillamente, el mundo cambiará.



