Quizás el principal mito de la cultura occidental sea que representa la lucha incesante por la democracia, la justicia y la libertad, junto a la asunción de nuevos valores y el abandono de otros anteriores, es decir, la aceptación mayoritaria del cambio cultural como alternativa de progreso y desarrollo. Pero esto tan sólo es un producto de la propaganda política.
Ser occidental, representa una unidad de destino en lo universal, aunque suene extravagante; siendo una marca de origen que determinaba con bastante precisión el destino de los que nacían bajo sus auspicios. Aunque esto ya no sea así.
La cultura occidental tiene sus raíces en Oriente, en la región conocida como el creciente fértil, donde hoy se producen los grandes conflictos bélicos entre judíos y cristianos por un lado y musulmanes por otro.
La condición occidental es un taxón cultural, que conforma y confirma una evolución histórica compartida y similar, con la creación y posterior superación de determinados elementos religiosos, políticos y sociales por la inmensa mayoría de sus habitantes a lo largo de muchos siglos.
El dominio de la técnica, la metodología de la investigación científica, la exploración filosófica, o el descubrimiento y conquista del mundo y del espacio exterior, son atribuciones fundamentalmente occidentales.
La libertad, el individualismo humanista, la democracia, el estado del bienestar keynesiano, la organización de la producción y el consumo según criterios económicos ordenados, los derechos sociales, la ciudadanía, el racionalismo, el cristianismo y el ateismo materialista, la educación gratuita y obligatoria, la igualdad entre los sexos, junto con otras muchas variables y condiciones, son adquisiciones y logros occidentales.
Ser occidental, es haber sido civilizado de una forma determinada, que aunque no sea aceptada por todos, si es asumida por la inmensa mayoría, incluso por los outsiders (punkies, okupas, insumisos, homeless, alternativos, etc),que viven “excluidos” o contra el sistema pero dentro de él, al contrario de lo que ocurre con los que nacen fuera del redil, como los inmigrantes de cayuco o los espaldas mojadas que no serán occidentales hasta que lo demuestren.
Ser occidental, es vivir de una forma determinada, acelerado, estresado, con poco tiempo para el disfrute y la contemplación, encadenado a la rueda de la producción y el consumo, disponiendo de un coche que gasta gasolina cada vez más cara, una televisión que nos muestra las cosas del mundo entre miles de anuncios, y una prensa que nos habla de las ventajas de ser como somos y no otra cosa diferente.
También es participar en las elecciones, votar, eligiendo periódicamente representantes políticos que van desde el alcalde de nuestro pueblo o ciudad hasta el presidente del gobierno o de la república en algunos lugares. Pero los políticos son elegidos por sus partidos para representarnos, no por nosotros; también son los que luego deciden la política exterior e interior de nuestro país sin consultar a sus electores para nada durante los años concedidos para el ejercicio de su función. Las cosas deben cambiar, y no se puede consentir que la concesión dure tanto, por que cuatro años es mucho tiempo en la era de la comunicación inmediata.
Cuando se nace occidental, se llega al mundo con el derecho a unas cuantas cosas: una educación, una atención sanitaria, una asistencia jurídica, unos derechos democráticos y una libertad de movimientos y opiniones. Pero también con unos deberes que fundamentalmente se miden en la obligación de tributar a la hacienda pública para poder dotarnos de esos derechos y esas obligaciones, y también para mantener las genialidades de nuestros representantes políticos y dotarles de recursos para llevar una vida cómoda, acorde con su condición.
La historia de Occidente es una larga evolución desde la dominación a la liberación. En el Renacimiento, la mayoría de los occidentales vivían bajo la dominación de las élites; con anterioridad todavía era peor por que Europa vivía bajo el yugo feudal.
En la actualidad, las cosas no han cambiado demasiado, pero se vive mejor; la inmensa mayoría de ciudadanos occidentales dispone de comida, techo y lecho, y cierta seguridad en la existencia, así como algunas vías para la escalada social; en la mayoría de los casos, a partir de una edad cada vez más tardía, se dispone de un trabajo estable, pero esto no importa mucho, por que se pueden obtener los recursos mínimos de subsistencia de muchas y variadas formas a costa de los demás.
Los occidentales estamos desperdigados por todo el mundo, y seguimos aplicando las estrategias de dominación de nuestra civilización por los cinco continentes; debe reconocerse que vivimos en buena parte de lo que hacen los demás, organizando sus vidas y sus muertes. Somos ciertamente parásitos de otros, por que nuestra civilización es la que domina hegemónicamente el mundo desde hace siglos, bien por la política, la religión o las armas.
Nosotros, por ahora, vivimos bien, aunque la procedencia de nuestro bienestar sea sin duda el malestar de otros; si bien se debe reconocer que el malestar de esos otros, existiría también dentro de sus ámbitos culturales aún sin nuestra explotación, por que se rigen por parámetros sociales más primitivos y dogmáticos, y sus dirigentes son los primeros que se sostienen sobre la opresión de sus súbditos.
Pero las cosas cambian deprisa en nuestro ámbito cultural. Hace un año, poco antes de los atentados del metro londinense, estaba visitando la tumba de Nelson, coincidiendo con el bicentenario de la batalla de Trafalgar. Allí, sentaditos, había una agrupación de escolares, asistidos por dos profesores rubios y una profesora con velo.
Aquellos niños eran de rasgos obscuros, las niñas con su velo (cosa que en Francia no sería permitida); no había entre los críos ni un solo niño de tez blanca, ni siquiera algún simpático pelirrojo. Al verlos, así agrupados, ante un personaje simbólico del imperio británico, reflexioné sobre su ambivalencia, estudiando la historia de Occidente por la mañana y la de Pakistán o la India por la tarde.
En París, a medida que uno se aleja del centro, el metro se va ennegreciendo hacia la periferia y no sólo por los túneles. La actual selección de futbol francesa está formada por ciudadanos franceses de ultramar en su inmensa mayoría, de piel obscura, pero tan franceses como Chirac. También lo eran los pirómanos que trastocaron el parque móvil francés hace unos meses
Pasa lo mismo en Nueva York, cuando se asciende en el suburbano hacia el Bronx, todo se vuelve más oscuro. Las periferias de las ciudades se nutren de los últimos en llegar, que van cercando el centro, como preparándose para un asedio final. Ahora también se coloniza el centro, por que ha sido abandonado al mercado solamente, y deja nichos habitables que ocupan los más desfavorecidos como esperando las migajas.
En Madrid, Roma o Berlín, hay barrios enteros, zonas comerciales, escuelas y lugares de ocio en los que residen gentes de otras latitudes y pieles, pero su nacionalidad es europea, con pasaporte y DNI. Por la mañana estudian en la escuela “cristiana” y por la tarde descubren el Corán.
El líder Bumedian, (y esto me lo ha recordado el amigo José Antonio), en un discurso ante la asamblea general de la ONU, ya lo advirtió hace muchos años, cuando hablaba de la desigual lucha del tercer mundo por su liberación del primero, que se supone que somos todos nosotros: “los vientres de nuestras mujeres son los mejores elementos para luchar por la liberación del yugo occidental”. Tenía y tiene razón.
Pero tras el atentado de las torres gemelas, los occidentales estamos asistiendo a un grave problema, y la mayoría nos encontramos inmersos en una dicotomía existencial entre dos radicalismos, una doble presión extenuante.
En nuestra cultura hay dos posiciones políticas bien definidas con respecto a los enemigos externos del sistema, los halcones y las palomas. Los halcones proponen una política de persecución y acoso de los enemigos de Occidente, allá donde se encuentren; mientras que las palomas quieren buscar un encuentro sostenible para lograr una paz duradera con los potenciales enemigos del sistema de mercado, aún perdiendo alguna de las ventajas adquiridas como civilización a lo largo de la historia.
El auténtico problema es que la guerra entre civilizaciones que existe, ya no se desarrolla allende nuestras fronteras. La globalización también trae cosas negativas, y una de ellas es haber convertido el tranquilo suelo occidental (durante las últimas décadas) en campo de batalla cultural permanente.
El fundamentalismo islámico presiona a los musulmanes occidentalizados para que se rebelen desde dentro y revienten el sistema, provocando así de rebote la victoria de sus enemigos occidentales más recalcitrantes: los más fanáticos dentro de los halcones, pensando que en consecuencia obtendrán su propia victoria, que es conseguir un mundo en conflicto y segregación permanentes.
Es una estrategia muy antigua la que se urde desde las mezquitas por los ulemas, imanes y ayatolahs: haz que el enemigo persiga a los potenciales seguidores de tu causa y así estos se darán cuenta de quienes son realmente sus enemigos.
La Yihad se urde en Lavapiés, Montmatre, Paddington o por encima de la calle ciento diez, en el Bronx. No se resolverá con promover o mantener guerras en Irak, Afganistán o Líbano-Israel-Palestina. Además, es seguro que se mantendrá en las próximas décadas.
El mundo occidental se ha hecho separando y disgregando, nuestra civilización se ha construido sobre el racismo, la segregación, y la explotación de otros pueblos, pero ahora, en el siglo XXI se invierten los términos: sólo puede salvarse de una forma, que es con la mezcla racial. Esto significa un paso más en la evolución cultural de la especie, una solución dialéctica, de síntesis, mestiza.
La solución final al problema occidental, que es un problema global, se producirá cuando un presidente francés sea negro o mulato, un presidente británico sea de origen hindú-pakistaní, y un presidente español sea de origen sudamericano. Aunque resulte increíble, es probable que en Estados Unidos haya antes de una década un presidente de origen africano o hispano. La solución provendrá del mestizaje, cosa que horroriza a los occidentales, pero también a sus enemigos.
En buena lid, ser occidental es precisamente eso, trascender la genética con la cultura y permitir que cualquiera que comparta nuestros valores, políticos y sociales, que sepa realmente el significado de Occidente, pueda ser y llegue a ser presidente del país en el que ha nacido, en el que se ha educado y reside, y en el que han nacido sus hijos, por que es ciudadano de primera y no simple esclavo liberto. Ocurrió en Persia, Grecia y Roma, no importaba el origen étnico, sino la autenticidad de cada uno.
El valor de la cultura occidental con respecto a otras es la igualdad de oportunidades y el reconocimiento de la excelencia de los que se esfuerzan y luchan por descollar entre sus semejantes cumpliendo con las reglas del juego, que son las leyes de las que nos hemos dotado, que conforman un peculiar reconocimiento de la justicia.
Hoy por hoy es improbable que un musulmán sea alcalde de un pueblo español o francés con la mayoría de sus habitantes islámicos; la piel clara sigue siendo determinante para acceder a determinadas posiciones sociales y los más oscuros siguen ocupando los escalones más bajos de la rampa de la producción y el consumo, por lo tanto seguiremos teniendo que soportar la agresión en forma de terrorismo o similares.
Creo que el presidente Zapatero se equivoca absolutamente con su propuesta de Alianza de las Civilizaciones (que además no es suya, si no de el lider iraní Alí Jamenei), por que la solución a nuestros problemas no pasa por imbrincar formas diferentes de comprender el desarrollo de la vida cotidiana, sino de superarlas, de dejarlas atrás.
No es el equilibrio entre civilizaciones el principio de la paz, sino el triunfo de la civilización occidental sobre todas las demás el que puede devolver la paz al mundo, por que en nuestra civilización es en la única, insisto, la única, en que se han superado los problemas que ocasionan las guerras, por que como decía el filósofo francés Tilly hablando de las revoluciones europeas, es la única que ha sido capaz de someter el poder militar al civil.
Pero se requiere un esfuerzo de coherencia interna en nuestra organización vital, permitiendo realmente que un ciudadano occidental no autóctono sea presidente de un país occidental, y se siente en la mesa con sus iguales y discuta con ellos como resolver los problemas de su civilización, por que es tan suya como de todos los demás.
En los deportes ya se ha visto que no sólo los oriundos pueden representar plenamente a su patria, también se comienzan a ver profesionales de tez oscura que trabajan perfectamente en sus actividades, ahora solo falta que los políticos blancos se aparten de la poltrona, por que son el último nivel de resistencia, para que la civilización occidental sea verdaderamente un ejemplo global de justicia, democracia y libertad.
Estoy de acuerdo con el lema galo: libertad, fraternidad e igualdad, pero para todo y para todos, y por supuesto, para siempre. Esta es la condición occidental que define a nuestra civilización: que el mejor sea reconocido como tal, y si es negro, mulato, marrón, hindú, chino o gitano, pues hay que aceptarlo y asumirlo, tanto en un servicio de limpieza urbana como en una presidencia de gobierno. Por que todo lo que desvíe esta pauta de valores es una forma de racismo y segregación, opuesta a nuestra idiosincrasia, un acto de incoherencia del que se aprovechan nuestros enemigos.
Si somos capaces de hacer esto, se acabarán los problemas entre civilizaciones y viviremos en paz. Sé que buena parte de los ciudadanos occidentales estamos dispuestos a dar el paso, pero también sé que nuestros representantes políticos no se encuentran a la altura de hacerlo, al contrario, propondrán miles de soluciones alternativas que no servirán absolutamente para nada, como la alianza de civilizaciones.
Los políticos, al igual que los militares, son más necesarios cuantos más conflictos existen en el mundo y en nuestras vidas, por eso, una de las perversiones de la política es que los problemas no se resuelvan nunca. Es falso que las guerras se produzcan por desavenencias insuperables entre los distintos pueblos, se producen por decisiones políticas en la lucha permanente por lograr el poder absoluto y permanente sobre los demás.
Es la estrategia imperialista de occidente la que impide la paz, ahora, que la globalización ha llevado las reglas del mercado a todas partes, es imprescindible que sea superada por una estrategia de convivencia pacífica. Ahora, el capitalismo ya no necesita soldados, por que su influencia se implanta por internet en todas partes.
La guerra se gana a golpe de ratón, que te lleva al mundo libre. El proyecto de ordenadores a cincuenta euros con conexión gratuita por satélite es lo que más temen los fundamentalistas islámicos, y estamos a cinco años de que se produzca, por eso ahora estamos viviendo la última batalla; pero no por el petróleo, no por la defensa de los valores religiosos o culturales, no por la opresión del capitalismo; sencillamente, la yihad no es más que la última resistencia para que un pastor de cabras somalí no pueda comunicarse con un ingeniero de Newcastle a tiempo real, o una muchacha del Sudán con un muchacho de Móstoles.
Bumedían tenía razón cuando hablaba del vientre de las mujeres del tercer mundo, pero no contaba con la genialidad de Billy Gates, que por cierto ha creado un sistema operativo de ventanas (Windows), cuando en realidad lo que está promoviendo (y lo sabe) es un sistema de puertas (Gates), que Occidente quiere abrir, mientras que sus enemigos hacen lo posible por cerrar para siempre.

Ser occidental, representa una unidad de destino en lo universal, aunque suene extravagante; siendo una marca de origen que determinaba con bastante precisión el destino de los que nacían bajo sus auspicios. Aunque esto ya no sea así.
La cultura occidental tiene sus raíces en Oriente, en la región conocida como el creciente fértil, donde hoy se producen los grandes conflictos bélicos entre judíos y cristianos por un lado y musulmanes por otro.
La condición occidental es un taxón cultural, que conforma y confirma una evolución histórica compartida y similar, con la creación y posterior superación de determinados elementos religiosos, políticos y sociales por la inmensa mayoría de sus habitantes a lo largo de muchos siglos.
El dominio de la técnica, la metodología de la investigación científica, la exploración filosófica, o el descubrimiento y conquista del mundo y del espacio exterior, son atribuciones fundamentalmente occidentales.
La libertad, el individualismo humanista, la democracia, el estado del bienestar keynesiano, la organización de la producción y el consumo según criterios económicos ordenados, los derechos sociales, la ciudadanía, el racionalismo, el cristianismo y el ateismo materialista, la educación gratuita y obligatoria, la igualdad entre los sexos, junto con otras muchas variables y condiciones, son adquisiciones y logros occidentales.
Ser occidental, es haber sido civilizado de una forma determinada, que aunque no sea aceptada por todos, si es asumida por la inmensa mayoría, incluso por los outsiders (punkies, okupas, insumisos, homeless, alternativos, etc),que viven “excluidos” o contra el sistema pero dentro de él, al contrario de lo que ocurre con los que nacen fuera del redil, como los inmigrantes de cayuco o los espaldas mojadas que no serán occidentales hasta que lo demuestren.
Ser occidental, es vivir de una forma determinada, acelerado, estresado, con poco tiempo para el disfrute y la contemplación, encadenado a la rueda de la producción y el consumo, disponiendo de un coche que gasta gasolina cada vez más cara, una televisión que nos muestra las cosas del mundo entre miles de anuncios, y una prensa que nos habla de las ventajas de ser como somos y no otra cosa diferente.
También es participar en las elecciones, votar, eligiendo periódicamente representantes políticos que van desde el alcalde de nuestro pueblo o ciudad hasta el presidente del gobierno o de la república en algunos lugares. Pero los políticos son elegidos por sus partidos para representarnos, no por nosotros; también son los que luego deciden la política exterior e interior de nuestro país sin consultar a sus electores para nada durante los años concedidos para el ejercicio de su función. Las cosas deben cambiar, y no se puede consentir que la concesión dure tanto, por que cuatro años es mucho tiempo en la era de la comunicación inmediata.
Cuando se nace occidental, se llega al mundo con el derecho a unas cuantas cosas: una educación, una atención sanitaria, una asistencia jurídica, unos derechos democráticos y una libertad de movimientos y opiniones. Pero también con unos deberes que fundamentalmente se miden en la obligación de tributar a la hacienda pública para poder dotarnos de esos derechos y esas obligaciones, y también para mantener las genialidades de nuestros representantes políticos y dotarles de recursos para llevar una vida cómoda, acorde con su condición.
La historia de Occidente es una larga evolución desde la dominación a la liberación. En el Renacimiento, la mayoría de los occidentales vivían bajo la dominación de las élites; con anterioridad todavía era peor por que Europa vivía bajo el yugo feudal.
En la actualidad, las cosas no han cambiado demasiado, pero se vive mejor; la inmensa mayoría de ciudadanos occidentales dispone de comida, techo y lecho, y cierta seguridad en la existencia, así como algunas vías para la escalada social; en la mayoría de los casos, a partir de una edad cada vez más tardía, se dispone de un trabajo estable, pero esto no importa mucho, por que se pueden obtener los recursos mínimos de subsistencia de muchas y variadas formas a costa de los demás.
Los occidentales estamos desperdigados por todo el mundo, y seguimos aplicando las estrategias de dominación de nuestra civilización por los cinco continentes; debe reconocerse que vivimos en buena parte de lo que hacen los demás, organizando sus vidas y sus muertes. Somos ciertamente parásitos de otros, por que nuestra civilización es la que domina hegemónicamente el mundo desde hace siglos, bien por la política, la religión o las armas.
Nosotros, por ahora, vivimos bien, aunque la procedencia de nuestro bienestar sea sin duda el malestar de otros; si bien se debe reconocer que el malestar de esos otros, existiría también dentro de sus ámbitos culturales aún sin nuestra explotación, por que se rigen por parámetros sociales más primitivos y dogmáticos, y sus dirigentes son los primeros que se sostienen sobre la opresión de sus súbditos.
Pero las cosas cambian deprisa en nuestro ámbito cultural. Hace un año, poco antes de los atentados del metro londinense, estaba visitando la tumba de Nelson, coincidiendo con el bicentenario de la batalla de Trafalgar. Allí, sentaditos, había una agrupación de escolares, asistidos por dos profesores rubios y una profesora con velo.
Aquellos niños eran de rasgos obscuros, las niñas con su velo (cosa que en Francia no sería permitida); no había entre los críos ni un solo niño de tez blanca, ni siquiera algún simpático pelirrojo. Al verlos, así agrupados, ante un personaje simbólico del imperio británico, reflexioné sobre su ambivalencia, estudiando la historia de Occidente por la mañana y la de Pakistán o la India por la tarde.
En París, a medida que uno se aleja del centro, el metro se va ennegreciendo hacia la periferia y no sólo por los túneles. La actual selección de futbol francesa está formada por ciudadanos franceses de ultramar en su inmensa mayoría, de piel obscura, pero tan franceses como Chirac. También lo eran los pirómanos que trastocaron el parque móvil francés hace unos meses
Pasa lo mismo en Nueva York, cuando se asciende en el suburbano hacia el Bronx, todo se vuelve más oscuro. Las periferias de las ciudades se nutren de los últimos en llegar, que van cercando el centro, como preparándose para un asedio final. Ahora también se coloniza el centro, por que ha sido abandonado al mercado solamente, y deja nichos habitables que ocupan los más desfavorecidos como esperando las migajas.
En Madrid, Roma o Berlín, hay barrios enteros, zonas comerciales, escuelas y lugares de ocio en los que residen gentes de otras latitudes y pieles, pero su nacionalidad es europea, con pasaporte y DNI. Por la mañana estudian en la escuela “cristiana” y por la tarde descubren el Corán.
El líder Bumedian, (y esto me lo ha recordado el amigo José Antonio), en un discurso ante la asamblea general de la ONU, ya lo advirtió hace muchos años, cuando hablaba de la desigual lucha del tercer mundo por su liberación del primero, que se supone que somos todos nosotros: “los vientres de nuestras mujeres son los mejores elementos para luchar por la liberación del yugo occidental”. Tenía y tiene razón.
Pero tras el atentado de las torres gemelas, los occidentales estamos asistiendo a un grave problema, y la mayoría nos encontramos inmersos en una dicotomía existencial entre dos radicalismos, una doble presión extenuante.
En nuestra cultura hay dos posiciones políticas bien definidas con respecto a los enemigos externos del sistema, los halcones y las palomas. Los halcones proponen una política de persecución y acoso de los enemigos de Occidente, allá donde se encuentren; mientras que las palomas quieren buscar un encuentro sostenible para lograr una paz duradera con los potenciales enemigos del sistema de mercado, aún perdiendo alguna de las ventajas adquiridas como civilización a lo largo de la historia.
El auténtico problema es que la guerra entre civilizaciones que existe, ya no se desarrolla allende nuestras fronteras. La globalización también trae cosas negativas, y una de ellas es haber convertido el tranquilo suelo occidental (durante las últimas décadas) en campo de batalla cultural permanente.
El fundamentalismo islámico presiona a los musulmanes occidentalizados para que se rebelen desde dentro y revienten el sistema, provocando así de rebote la victoria de sus enemigos occidentales más recalcitrantes: los más fanáticos dentro de los halcones, pensando que en consecuencia obtendrán su propia victoria, que es conseguir un mundo en conflicto y segregación permanentes.
Es una estrategia muy antigua la que se urde desde las mezquitas por los ulemas, imanes y ayatolahs: haz que el enemigo persiga a los potenciales seguidores de tu causa y así estos se darán cuenta de quienes son realmente sus enemigos.
La Yihad se urde en Lavapiés, Montmatre, Paddington o por encima de la calle ciento diez, en el Bronx. No se resolverá con promover o mantener guerras en Irak, Afganistán o Líbano-Israel-Palestina. Además, es seguro que se mantendrá en las próximas décadas.
El mundo occidental se ha hecho separando y disgregando, nuestra civilización se ha construido sobre el racismo, la segregación, y la explotación de otros pueblos, pero ahora, en el siglo XXI se invierten los términos: sólo puede salvarse de una forma, que es con la mezcla racial. Esto significa un paso más en la evolución cultural de la especie, una solución dialéctica, de síntesis, mestiza.
La solución final al problema occidental, que es un problema global, se producirá cuando un presidente francés sea negro o mulato, un presidente británico sea de origen hindú-pakistaní, y un presidente español sea de origen sudamericano. Aunque resulte increíble, es probable que en Estados Unidos haya antes de una década un presidente de origen africano o hispano. La solución provendrá del mestizaje, cosa que horroriza a los occidentales, pero también a sus enemigos.
En buena lid, ser occidental es precisamente eso, trascender la genética con la cultura y permitir que cualquiera que comparta nuestros valores, políticos y sociales, que sepa realmente el significado de Occidente, pueda ser y llegue a ser presidente del país en el que ha nacido, en el que se ha educado y reside, y en el que han nacido sus hijos, por que es ciudadano de primera y no simple esclavo liberto. Ocurrió en Persia, Grecia y Roma, no importaba el origen étnico, sino la autenticidad de cada uno.
El valor de la cultura occidental con respecto a otras es la igualdad de oportunidades y el reconocimiento de la excelencia de los que se esfuerzan y luchan por descollar entre sus semejantes cumpliendo con las reglas del juego, que son las leyes de las que nos hemos dotado, que conforman un peculiar reconocimiento de la justicia.
Hoy por hoy es improbable que un musulmán sea alcalde de un pueblo español o francés con la mayoría de sus habitantes islámicos; la piel clara sigue siendo determinante para acceder a determinadas posiciones sociales y los más oscuros siguen ocupando los escalones más bajos de la rampa de la producción y el consumo, por lo tanto seguiremos teniendo que soportar la agresión en forma de terrorismo o similares.
Creo que el presidente Zapatero se equivoca absolutamente con su propuesta de Alianza de las Civilizaciones (que además no es suya, si no de el lider iraní Alí Jamenei), por que la solución a nuestros problemas no pasa por imbrincar formas diferentes de comprender el desarrollo de la vida cotidiana, sino de superarlas, de dejarlas atrás.
No es el equilibrio entre civilizaciones el principio de la paz, sino el triunfo de la civilización occidental sobre todas las demás el que puede devolver la paz al mundo, por que en nuestra civilización es en la única, insisto, la única, en que se han superado los problemas que ocasionan las guerras, por que como decía el filósofo francés Tilly hablando de las revoluciones europeas, es la única que ha sido capaz de someter el poder militar al civil.
Pero se requiere un esfuerzo de coherencia interna en nuestra organización vital, permitiendo realmente que un ciudadano occidental no autóctono sea presidente de un país occidental, y se siente en la mesa con sus iguales y discuta con ellos como resolver los problemas de su civilización, por que es tan suya como de todos los demás.
En los deportes ya se ha visto que no sólo los oriundos pueden representar plenamente a su patria, también se comienzan a ver profesionales de tez oscura que trabajan perfectamente en sus actividades, ahora solo falta que los políticos blancos se aparten de la poltrona, por que son el último nivel de resistencia, para que la civilización occidental sea verdaderamente un ejemplo global de justicia, democracia y libertad.
Estoy de acuerdo con el lema galo: libertad, fraternidad e igualdad, pero para todo y para todos, y por supuesto, para siempre. Esta es la condición occidental que define a nuestra civilización: que el mejor sea reconocido como tal, y si es negro, mulato, marrón, hindú, chino o gitano, pues hay que aceptarlo y asumirlo, tanto en un servicio de limpieza urbana como en una presidencia de gobierno. Por que todo lo que desvíe esta pauta de valores es una forma de racismo y segregación, opuesta a nuestra idiosincrasia, un acto de incoherencia del que se aprovechan nuestros enemigos.
Si somos capaces de hacer esto, se acabarán los problemas entre civilizaciones y viviremos en paz. Sé que buena parte de los ciudadanos occidentales estamos dispuestos a dar el paso, pero también sé que nuestros representantes políticos no se encuentran a la altura de hacerlo, al contrario, propondrán miles de soluciones alternativas que no servirán absolutamente para nada, como la alianza de civilizaciones.
Los políticos, al igual que los militares, son más necesarios cuantos más conflictos existen en el mundo y en nuestras vidas, por eso, una de las perversiones de la política es que los problemas no se resuelvan nunca. Es falso que las guerras se produzcan por desavenencias insuperables entre los distintos pueblos, se producen por decisiones políticas en la lucha permanente por lograr el poder absoluto y permanente sobre los demás.
Es la estrategia imperialista de occidente la que impide la paz, ahora, que la globalización ha llevado las reglas del mercado a todas partes, es imprescindible que sea superada por una estrategia de convivencia pacífica. Ahora, el capitalismo ya no necesita soldados, por que su influencia se implanta por internet en todas partes.
La guerra se gana a golpe de ratón, que te lleva al mundo libre. El proyecto de ordenadores a cincuenta euros con conexión gratuita por satélite es lo que más temen los fundamentalistas islámicos, y estamos a cinco años de que se produzca, por eso ahora estamos viviendo la última batalla; pero no por el petróleo, no por la defensa de los valores religiosos o culturales, no por la opresión del capitalismo; sencillamente, la yihad no es más que la última resistencia para que un pastor de cabras somalí no pueda comunicarse con un ingeniero de Newcastle a tiempo real, o una muchacha del Sudán con un muchacho de Móstoles.
Bumedían tenía razón cuando hablaba del vientre de las mujeres del tercer mundo, pero no contaba con la genialidad de Billy Gates, que por cierto ha creado un sistema operativo de ventanas (Windows), cuando en realidad lo que está promoviendo (y lo sabe) es un sistema de puertas (Gates), que Occidente quiere abrir, mientras que sus enemigos hacen lo posible por cerrar para siempre.

