VAMOS A CAMBIAR EL MUNDO
Cuando tenía menos años pensaba, a veces acompañado de algún amigo, en la posibilidad de cambiar las cosas de este mundo que no me gustaban, que en realidad eran los grandes problemas de la humanidad. Era demasiado optimista.
Pasados los años, he descubierto que los problemas que hay en el mundo no son las imágenes finales que vemos, estas son sólo las últimas escenas de un espantoso largometraje. Ahora ya no soy optimista, estoy en el tránsito que va en caída libre desde el escepticismo hacia el pesimismo.
El objetivo no parecía demasiado complicado, por ejemplo, resolver el hambre en los países más pobres era algo sencillo que no se había hecho hasta entonces por falta de recursos, por que la segunda guerra mundial dejó como secuela una larga recuperación económica en los países occidentales, pero hacia los años setenta, estos ya comenzaban a producir excedentes alimentarios.
La resolución del problema del hambre era teóricamente fácil, sólo había que llevar a los sitios de carencias irredentas, el sobrante alimentario que se producía en las zonas opulentas; ni siquiera era necesario que los habitantes de los países ricos se privaran de nada, por que en Europa y América del Norte, había montañas de mantequilla, trigo y otros alimentos suficientes para nutrir adecuadamente a todos los habitantes del planeta.
Luego me sorprendí, por que pasado el tiempo, sin haber resuelto el hambre en este mundo; se dejaban de cultivar excedentes, se reducía el potencial ganadero, se restringía la pesca y la dictadura del mercado determinaba los precios “irreales” reduciendo la oferta y ajustándola a la demanda. Esto posteriormente ha servido para que la economía alimenticia de los países avanzados se haya estabilizado, pero a costa de permitir que en África y otros lugares, siga habiendo millones de muertos por el hambre.
Con la guerra ocurre lo mismo, los conflictos a veces se inventan o reinventan en función de grandes valores o ideas, como ha ocurrido con el nacionalismo en los Balcanes, la cultura en Oriente Medio, la ideología en el Extremo Oriente, y la religión en los países que conforman el creciente fértil. En África las guerras son aún más salvajes, por que se producen exclusivamente por cuestiones de supervivencia.
Tampoco veía complicado cambiar las cosas, los países occidentales son los productores del 99 % de las armas que se utilizan en los conflictos bélicos que ocurren en el planeta. Sin armas no hay guerras, eso es evidente. Luego la solución también era sencilla, si por algún acuerdo internacional entre los países ricos, se establecía una moratoria como la de la caza de ballenas, en la exportación de muerte, las guerras se reducirían hasta su desaparición.
Animado en la cuestión, incluso pensé en la posibilidad de utilizar las estrategias y los canales de exportación de armamento para hacer llegar a los países necesitados los alimentos que precisaban. A partir de la paz, todo era posible. Pensaba por aquel entonces, como entre tantos miles de políticos que parecían inteligentes, no había alguno capaz de poner sus ideas sobre la mesa de algún gobierno y procuraba cambiar las cosas. Suponía por aquella época que los políticos se ocupaban de traer el bienestar a los ciudadanos y de hacer el bien. Más tarde comprobé que estaba equivocado.
Lamentablemente, han pasado muchos años desde que surgieron en mi mente aquellas ideas más o menos revolucionarias; las guerras y el hambre que hay en el planeta sigue sin resolverse, no por que no se puedan solucionar estos graves problemas, sino por que no se quieren resolver; es decir, por que los intereses de los que quieren que sigan existiendo para su beneficio propio son más fuertes que los intereses de los que quieren cambiar las cosas a algo mejor para todos.
Esto ocurre en todos los países occidentales con gobiernos de izquierdas y derechas, con varias generaciones de políticos con buenas ideas y propósitos (que los hay), con una ciudadanía más culta y exigente, pero con una capacidad de acción limitada como siempre por quienes controlan el poder por completo.
Estos no son otros que los patrocinadores económicos y promotores de las organizaciones políticas, habitualmente rufianes profesionales que se apropian de lo ajeno de forma continuada en plena ilegalidad mafiosa.
Son muchos, muchísimos, los que viven de impedir que el malestar humano concluya, tantos que resulta imposible acabar con su dominio, que se extiende como un cáncer en nuestra sociedad occidental. Yo he conocido algunos.
Aunque técnica o económicamente pueda concluirse con la dictadura mafiosa que rige nuestra existencia, no se hace precisamente por que las voluntades de los ciudadanos no se agregan en el propósito de procurar la extinción de los ladrones organizados en sectas económicas, que funcionan como empresas extraordinariamente deshonestas y versátiles, pero eficaces en su objetivo de autoperpetuarse.
La riqueza es siempre un foco de atracción, pero en las circunstancias actuales es también un foco de distracción. Los medios de comunicación, que son los encargados de transmitirnos las noticias que ocurren en el mundo, viven precisamente de la carnaza que les procura el elenco afortunado. Nadie va contra sus propios intereses, los buitres cansados no distinguen el origen de la carroña. Numerosos periodistas contribuyen a perpetuar y promocionar el modelo, por que les proporciona pingues beneficios.
Pero también lo hacen los jueces, los funcionarios de la administración o los sistemas policiales, o los profesionales, por que todos somos humanos y necesitamos vivir con cierta seguridad, aunque esta se fundamente en seguir viviendo en el letargo necesario ante los graves problemas que ocurren a nuestro alrededor.
A nadie le gusta jugarse la jubilación por meter las narices donde nadie le llama, sobretodo cuando tiene criterio y edad para hacerlo, y sabe que hay otros que cobran mucho más y tienen más motivos sobre el papel para hacerlo. Unos por otros, la casa se queda sin barrer. La batalla contra la corrupción se pierde cada día en cada uno de nosotros, cuando aceptamos o proponemos lo inapropiado, para que las cosas no se detengan. Hay tanto miedo a tantas cosas.
La respuesta del tercer mundo ante la inequidad, está llegando en forma de terrorismo de Alqaeda o misiles coreanos, o prospección nuclear iraní, o conflictos como el afgano, el iraki, o el palestino-judío que son irresolubles en sí mismos, y que cada vez detraerán más recursos de las arcas de los países occidentales.
Pero también se presenta en forma de cayucos que llegan cargados de negros a las costas europeas, o como aviones patera desde Iberoamérica. Una vez en España, los inmigrantes continúan su periplo por Europa hasta que se asientan en algún país. A mi me parece bien que vengan a buscar agua, siempre que no se carguen el manantial. Esta es la consecuencia de la situación política y propuestas megalomaniazas como la Alianza de las Civilizaciones del presidente Zapatero, paladín del buenismo internacional, un invento “ad hoc” sin ninguna posibilidad de futuro, pero que sirve para que los que creen que las cosas pueden cambiar se queden expectantes viendo como son bien representados por los políticos que han elegido.
Esto no cambiará nada. Blair, que sigue apoyando la guerra de Irak, es el prototipo de político de izquierdas que no tiene reparos en hacer política económica de derechas (la única posible en un mundo amenazado) y política electoral de izquierdas (la única posible en un mundo más ilustrado), al mismo tiempo. Y Zapatero sólo es un imitador.
La solución a los problemas del mundo, si algún día llega, no vendrá de la mano de los políticos, sino de los ciudadanos que se enfrenten a los políticos y vacíen los canales del poder de corruptos; realmente nadie necesita que otro le represente, nos podemos representar cada uno a sí mismo. Lo único que hay que hacer es buscar una forma de agregación de conciencias y voluntades en una representación, no una representación que se beneficie de nuestra desidia.
En cierta ocasión, hablando con uno de esos prohombres con auténtico poder económico y político, me dijo algo que me sorprendió y que consideré un atentado contra mi ideología neófita de la política. Fueron unas breves palabras, en las que he continuado pensando durante todos estos años y que han servido de acicate para seguir trabajando en propuestas y acciones para tratar de cambiar el mundo.
Sencillamente me dijo lo siguiente: el juego es muy sencillo, consiste en tener el poder a cualquier precio, de cualquier forma y mantenerlo a cualquier precio y de cualquier forma; esto hace que crezca, cada día que pasa se es más poderoso, hasta que un día llega alguien como tu, con ideas nuevas, y razonamientos impecables y se le propone que se una a tu causa por que es más buena que otras, por que así su vida será más fácil y se sentirá seguro entre otros que hacen lo mismo.
Además, uniéndose al gran proyecto en el que todos salen beneficiados, será la única forma de lograr que alguna de esas buenas ideas lleguen a la realidad y sirvan para algo. Si no acepta esta invitación, lo que le queda es escalar sólo la montaña y estar atento durante toda la vida no vaya a ser que surja algún accidente fortuito que te deje maltrecho, no físicamente, sino a nivel psicológico y social. Ante esta propuesta generosa, se que hay muchos que aceptan la colaboración parcial o total con los poderosos. Yo rehuí mi reclutamiento, y pago el precio de ser libre desde hace muchos años.
Decía que las cosas no cambiarán y no quiero concluir este escrito sin explicar por que digo esto. Los gobernantes y los políticos conocen la realidad, mucho mejor que los ciudadanos, saben realmente quien manda, y saben que no son ellos los que mueven los hilos. Sencillamente ellos son personajes públicos contratados por un sueldo para seguir engañando a la gente, con unas u otras mentiras. La política se ha convertido en un problema endémico de nuestra sociedad, cuando debería ser una fábrica de soluciones a todos nuestros problemas.
El mundo no cambia por que no pueda cambiar, permanece igual, por que a muchos les interesa que así ocurra, ante lo que se presentan dos alternativas para los que formamos parte de la inmensa mayoría. Lo consentimos y seguimos contemplando el desaguisado global, o tratamos de cambiarlo al precio de eliminar de esta mundo a los corruptos y sus secuaces, y pagar el desgaste que ellos conlleva con nuestra vida.
Soy pesimista, el poder es como la energía, ni se crea, ni se destruye, cuando llega el momento, se transforma en otra forma más sinuosa y los electores-ciudadanos-consumidores, nos quedamos mucho más satisfechos.
No, ya sé que no vamos a cambiar el mundo, por que ahora luchamos contra nosotros mismos por seguir siendo como somos, impidiendo que el mundo nos cambie y eso se lleva buena parte de nuestra vida. Somos seres cautivos, por que nos hemos dejado atrapar en una singular guerra, estamos con el poder o contra él, pero no somos capaces de estar SIN poder.
Entre todos seguimos alimentando al dragón por que nadie se atreve a ser el héroe que lo destruya. Es normal, no hemos crecido entre héroes, y además no sabemos como se mata a los dragones.
Cuando tenía menos años pensaba, a veces acompañado de algún amigo, en la posibilidad de cambiar las cosas de este mundo que no me gustaban, que en realidad eran los grandes problemas de la humanidad. Era demasiado optimista.
Pasados los años, he descubierto que los problemas que hay en el mundo no son las imágenes finales que vemos, estas son sólo las últimas escenas de un espantoso largometraje. Ahora ya no soy optimista, estoy en el tránsito que va en caída libre desde el escepticismo hacia el pesimismo.
El objetivo no parecía demasiado complicado, por ejemplo, resolver el hambre en los países más pobres era algo sencillo que no se había hecho hasta entonces por falta de recursos, por que la segunda guerra mundial dejó como secuela una larga recuperación económica en los países occidentales, pero hacia los años setenta, estos ya comenzaban a producir excedentes alimentarios.
La resolución del problema del hambre era teóricamente fácil, sólo había que llevar a los sitios de carencias irredentas, el sobrante alimentario que se producía en las zonas opulentas; ni siquiera era necesario que los habitantes de los países ricos se privaran de nada, por que en Europa y América del Norte, había montañas de mantequilla, trigo y otros alimentos suficientes para nutrir adecuadamente a todos los habitantes del planeta.
Luego me sorprendí, por que pasado el tiempo, sin haber resuelto el hambre en este mundo; se dejaban de cultivar excedentes, se reducía el potencial ganadero, se restringía la pesca y la dictadura del mercado determinaba los precios “irreales” reduciendo la oferta y ajustándola a la demanda. Esto posteriormente ha servido para que la economía alimenticia de los países avanzados se haya estabilizado, pero a costa de permitir que en África y otros lugares, siga habiendo millones de muertos por el hambre.
Con la guerra ocurre lo mismo, los conflictos a veces se inventan o reinventan en función de grandes valores o ideas, como ha ocurrido con el nacionalismo en los Balcanes, la cultura en Oriente Medio, la ideología en el Extremo Oriente, y la religión en los países que conforman el creciente fértil. En África las guerras son aún más salvajes, por que se producen exclusivamente por cuestiones de supervivencia.
Tampoco veía complicado cambiar las cosas, los países occidentales son los productores del 99 % de las armas que se utilizan en los conflictos bélicos que ocurren en el planeta. Sin armas no hay guerras, eso es evidente. Luego la solución también era sencilla, si por algún acuerdo internacional entre los países ricos, se establecía una moratoria como la de la caza de ballenas, en la exportación de muerte, las guerras se reducirían hasta su desaparición.
Animado en la cuestión, incluso pensé en la posibilidad de utilizar las estrategias y los canales de exportación de armamento para hacer llegar a los países necesitados los alimentos que precisaban. A partir de la paz, todo era posible. Pensaba por aquel entonces, como entre tantos miles de políticos que parecían inteligentes, no había alguno capaz de poner sus ideas sobre la mesa de algún gobierno y procuraba cambiar las cosas. Suponía por aquella época que los políticos se ocupaban de traer el bienestar a los ciudadanos y de hacer el bien. Más tarde comprobé que estaba equivocado.
Lamentablemente, han pasado muchos años desde que surgieron en mi mente aquellas ideas más o menos revolucionarias; las guerras y el hambre que hay en el planeta sigue sin resolverse, no por que no se puedan solucionar estos graves problemas, sino por que no se quieren resolver; es decir, por que los intereses de los que quieren que sigan existiendo para su beneficio propio son más fuertes que los intereses de los que quieren cambiar las cosas a algo mejor para todos.
Esto ocurre en todos los países occidentales con gobiernos de izquierdas y derechas, con varias generaciones de políticos con buenas ideas y propósitos (que los hay), con una ciudadanía más culta y exigente, pero con una capacidad de acción limitada como siempre por quienes controlan el poder por completo.
Estos no son otros que los patrocinadores económicos y promotores de las organizaciones políticas, habitualmente rufianes profesionales que se apropian de lo ajeno de forma continuada en plena ilegalidad mafiosa.
Son muchos, muchísimos, los que viven de impedir que el malestar humano concluya, tantos que resulta imposible acabar con su dominio, que se extiende como un cáncer en nuestra sociedad occidental. Yo he conocido algunos.
Aunque técnica o económicamente pueda concluirse con la dictadura mafiosa que rige nuestra existencia, no se hace precisamente por que las voluntades de los ciudadanos no se agregan en el propósito de procurar la extinción de los ladrones organizados en sectas económicas, que funcionan como empresas extraordinariamente deshonestas y versátiles, pero eficaces en su objetivo de autoperpetuarse.
La riqueza es siempre un foco de atracción, pero en las circunstancias actuales es también un foco de distracción. Los medios de comunicación, que son los encargados de transmitirnos las noticias que ocurren en el mundo, viven precisamente de la carnaza que les procura el elenco afortunado. Nadie va contra sus propios intereses, los buitres cansados no distinguen el origen de la carroña. Numerosos periodistas contribuyen a perpetuar y promocionar el modelo, por que les proporciona pingues beneficios.
Pero también lo hacen los jueces, los funcionarios de la administración o los sistemas policiales, o los profesionales, por que todos somos humanos y necesitamos vivir con cierta seguridad, aunque esta se fundamente en seguir viviendo en el letargo necesario ante los graves problemas que ocurren a nuestro alrededor.
A nadie le gusta jugarse la jubilación por meter las narices donde nadie le llama, sobretodo cuando tiene criterio y edad para hacerlo, y sabe que hay otros que cobran mucho más y tienen más motivos sobre el papel para hacerlo. Unos por otros, la casa se queda sin barrer. La batalla contra la corrupción se pierde cada día en cada uno de nosotros, cuando aceptamos o proponemos lo inapropiado, para que las cosas no se detengan. Hay tanto miedo a tantas cosas.
La respuesta del tercer mundo ante la inequidad, está llegando en forma de terrorismo de Alqaeda o misiles coreanos, o prospección nuclear iraní, o conflictos como el afgano, el iraki, o el palestino-judío que son irresolubles en sí mismos, y que cada vez detraerán más recursos de las arcas de los países occidentales.
Pero también se presenta en forma de cayucos que llegan cargados de negros a las costas europeas, o como aviones patera desde Iberoamérica. Una vez en España, los inmigrantes continúan su periplo por Europa hasta que se asientan en algún país. A mi me parece bien que vengan a buscar agua, siempre que no se carguen el manantial. Esta es la consecuencia de la situación política y propuestas megalomaniazas como la Alianza de las Civilizaciones del presidente Zapatero, paladín del buenismo internacional, un invento “ad hoc” sin ninguna posibilidad de futuro, pero que sirve para que los que creen que las cosas pueden cambiar se queden expectantes viendo como son bien representados por los políticos que han elegido.
Esto no cambiará nada. Blair, que sigue apoyando la guerra de Irak, es el prototipo de político de izquierdas que no tiene reparos en hacer política económica de derechas (la única posible en un mundo amenazado) y política electoral de izquierdas (la única posible en un mundo más ilustrado), al mismo tiempo. Y Zapatero sólo es un imitador.
La solución a los problemas del mundo, si algún día llega, no vendrá de la mano de los políticos, sino de los ciudadanos que se enfrenten a los políticos y vacíen los canales del poder de corruptos; realmente nadie necesita que otro le represente, nos podemos representar cada uno a sí mismo. Lo único que hay que hacer es buscar una forma de agregación de conciencias y voluntades en una representación, no una representación que se beneficie de nuestra desidia.
En cierta ocasión, hablando con uno de esos prohombres con auténtico poder económico y político, me dijo algo que me sorprendió y que consideré un atentado contra mi ideología neófita de la política. Fueron unas breves palabras, en las que he continuado pensando durante todos estos años y que han servido de acicate para seguir trabajando en propuestas y acciones para tratar de cambiar el mundo.
Sencillamente me dijo lo siguiente: el juego es muy sencillo, consiste en tener el poder a cualquier precio, de cualquier forma y mantenerlo a cualquier precio y de cualquier forma; esto hace que crezca, cada día que pasa se es más poderoso, hasta que un día llega alguien como tu, con ideas nuevas, y razonamientos impecables y se le propone que se una a tu causa por que es más buena que otras, por que así su vida será más fácil y se sentirá seguro entre otros que hacen lo mismo.
Además, uniéndose al gran proyecto en el que todos salen beneficiados, será la única forma de lograr que alguna de esas buenas ideas lleguen a la realidad y sirvan para algo. Si no acepta esta invitación, lo que le queda es escalar sólo la montaña y estar atento durante toda la vida no vaya a ser que surja algún accidente fortuito que te deje maltrecho, no físicamente, sino a nivel psicológico y social. Ante esta propuesta generosa, se que hay muchos que aceptan la colaboración parcial o total con los poderosos. Yo rehuí mi reclutamiento, y pago el precio de ser libre desde hace muchos años.
Decía que las cosas no cambiarán y no quiero concluir este escrito sin explicar por que digo esto. Los gobernantes y los políticos conocen la realidad, mucho mejor que los ciudadanos, saben realmente quien manda, y saben que no son ellos los que mueven los hilos. Sencillamente ellos son personajes públicos contratados por un sueldo para seguir engañando a la gente, con unas u otras mentiras. La política se ha convertido en un problema endémico de nuestra sociedad, cuando debería ser una fábrica de soluciones a todos nuestros problemas.
El mundo no cambia por que no pueda cambiar, permanece igual, por que a muchos les interesa que así ocurra, ante lo que se presentan dos alternativas para los que formamos parte de la inmensa mayoría. Lo consentimos y seguimos contemplando el desaguisado global, o tratamos de cambiarlo al precio de eliminar de esta mundo a los corruptos y sus secuaces, y pagar el desgaste que ellos conlleva con nuestra vida.
Soy pesimista, el poder es como la energía, ni se crea, ni se destruye, cuando llega el momento, se transforma en otra forma más sinuosa y los electores-ciudadanos-consumidores, nos quedamos mucho más satisfechos.
No, ya sé que no vamos a cambiar el mundo, por que ahora luchamos contra nosotros mismos por seguir siendo como somos, impidiendo que el mundo nos cambie y eso se lleva buena parte de nuestra vida. Somos seres cautivos, por que nos hemos dejado atrapar en una singular guerra, estamos con el poder o contra él, pero no somos capaces de estar SIN poder.
Entre todos seguimos alimentando al dragón por que nadie se atreve a ser el héroe que lo destruya. Es normal, no hemos crecido entre héroes, y además no sabemos como se mata a los dragones.


