Este artículo tiene por objetivo replantearse el término violencia y su manifestación en el deporte-rey.
De la violencia
El saber tradicional es siempre refractario. Se ve uno obligado a oponérsele de una manera polémica. Por ejemplo, las hormigas no son tan industriosas como parece, así cada una en particular pasa una gran cantidad de tiempo haraganeando. Y, lo que es peor, las hormigas laboriosas, que son hembras, pasan una gran cantidad de tiempo acicalándose. En efecto, cuando se encara el análisis de la violencia se desemboca en la certeza de que es un mal de nuestro tiempo. Para la opinión general, la violencia se asocia a energúmenos, bárbaros, salvajes, etcétera, con la consiguiente falta de rigor en su significado.
Es que la violencia, como la vida, está en todas partes. En los océanos, el pez grande se come al chico; en los campos, la semilla de trigo que germina y se hunde en la tierra; en las aves, el pico del polluelo que rompe la cáscara del huevo; en los humanos, el niño peleón en el patio escolar; en cualquier lugar, el nacimiento de una criatura implica una cierta dosis de violencia. Y a pesar de ello nadie cuestiona a los peces, la niñez, el parir, el polluelo, o a la semilla de trigo.
El deporte espectáculo no persigue otro objetivo que el de controlar los impulsos instintivos de las masas. Éstas concentradas en ciudades y desprovistas de “aulladeros” (expresión aguda e irónica de Ciorán) en sitios periféricos para descargar las pulsiones, pasiones, emociones, sentimientos, de cualquier animal urbano, encuentran en los estadios su abono/abonado preferido.
Con mayor o menor precisión todo el mundo sabe que estas dos palabras: violencia y fútbol son sinónimos. Me explico: el fútbol no consiste en otra cosa que en violencia permitida. Un partido sin tarjetas por entradas duras deja mucho que desear, precisamente porque es una manifestación de la vida. No obstante, cuando se desplaza del terreno de juego a las gradas, se vuelve contra su propia naturaleza: está mal vista.
A veces es difícil armonizarlos, y tal vez sea esta una buena ocasión para hacer un poco de pedagogía. Pues tomar conciencia del significado de una palabra que se desarrolló en una cultura del pasado, tomar conciencia del papel de la violencia en la sociedad actual, es así tomar conciencia de la imposibilidad de hacer coincidir la palabra con el sentido que le daríamos hoy, y es por tanto despertar un escepticismo saludable.
En un texto, La gravedad y la gracia, que amalgama doctrinas gnósticas, estoicas, maniqueas y místicas, Simone Weil desarrolla su pensamiento sobre la violencia en el hombre. Parte del supuesto de que dentro de nosotros existe un principio de violencia, en una proporción limitada, que cada uno de nosotros se ve obligado a actuar como si no tuviera tal deseo o tal aversión, como un simple medio de amaestramiento. Por ejemplo: Cuando se adiestra un perro para convertirlo en un perro amaestrado, no se le fustiga por fustigar, sino para adiestrarlo y, con ese fin, se le golpea únicamente cuando hace mal un ejercicio. Si se le fustiga indiscriminadamente, se acaba haciendo lo impropio para cualquier adiestramiento. Un perro que no sabe ladrar no es un perro.
También habría que evocar a Pierre Clastres, y la admirable Arqueología de la violencia. Y si es cierto que la mayoría de los términos de tradición antropológica han sufrido, en la prensa deportiva moderna, su transfiguración banal, hay que considerar los trabajos de Norbert Elias y Eric Dunning sobre el deporte y la violencia como el semillero y el desvelo de un tema habitado por las agresiones físicas entre jugadores, entre jugadores y trencillas de turno y, en ocasiones, entre las aficiones de los dos equipos (hooliganism).
El fútbol como ariete de la violencia
La violencia que se ejerce hoy en día en la mayor parte de los estadios de fútbol es ritual, codificada, la competición no es más que una muerte simbólica en juego. Simbólicamente la frontera entre violencia simbólica y real es a menudo muy tenue.
Todo contribuye a mantener ocupadas, de la forma eficaz, a un mismo tiempo el cuerpo y la mente de masas pusilánimes.
Esto es algo aceptado, lo mismo que lo es, en gran medida, la tendencia autodestructiva del capitalismo moderno. Marx, que conocía muy bien los meandros del discurso del liberalismo económico y de su descomposición cultural, hace tiempo que lo dejó escrito:
“La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”.
Y es que la violencia en el fútbol está constituida por dos elementos ancestrales: los puños y los insultos.
Desde tiempos inmemoriales la condena de la violencia en el deporte es unánime.
Si bien es cierto que los griegos de la antigüedad, que para bien o para mal han inventado todo respecto al deporte, no nos han ofertado un modelo a imitar, parece evidente que nos han descrito una experiencia y defendido ciertos valores con tal nitidez y tal sentido de lo universal que tienen, a nuestro entender, vigencia actual.
Dos son los instrumentos o medios que les permiten atajar la violencia a la que consideran bestial e indigna del hombre:
a- El descubrimiento de la justicia
Platón en la República (II-IV) establece una correlación entre la tripartición de la ciudad y la tripartición del alma, a saber: magistrados, guerreros y labradores, por una parte; razón, cólera y deseo, por otra.
De este modo la justicia se realiza primero en la ciudad y luego en el alma (434c– 443b), lo que quiere decir que la justicia no es una virtud del alma individual, sino que es la virtud del alma de la ciudad, a la que hay que salvaguardar. Por eso la solemne declaración de Gorgias (483a-b) no ha quedado olvidada: “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. La muerte de Sócrates es un buen ejemplo. El reciente incidente de Zidane, con el italiano Materazzi en la final del Mundial de Alemania, será juzgado por un neoplatónico redecorado con influencias cristianas como una conducta reprobable “por el mal ejemplo que da a los niños”.
b- La representación de tragedias
Según Aristóteles, la tragedia representa una catarsis, es decir una purgación de las pasiones y, por consiguiente, de las violencias que resultan de ellas. Ahora bien, contrariamente a todos las tragedias que se representan en cualquier escenario, las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, son casi siempre un asunto conocido y deliberado, denotan claramente el carácter odioso de la violencia.
Por tanto, evitan escenificarla. Esta es su originalidad. Así por ejemplo, en la tragedia de Shakespeare (y no olvidemos que su patria es la patria del fútbol) terminan con las escenificaciones de muertos y cadáveres presentados ante nuestros ojos. Por esto, Materazzi, conocido ya en el mundo como Matrix, el Sucio, tras el cabezazo de Zidane cae al suelo en posición yacente, de una manera tan pura que a su través se transparenta la argucia más maquiavélica. La tragedia griega desconoce el gusto por la muerte, el suicido, la muerte no se muestra a la vista.
En fin, si interpretamos mal la justicia (como es el caso de la exclusión del Mundial de Alemania del árbitro internacional Mejuto; y en nuestros teatros representamos las tragedias de Shakespheare y comedias ) el resultado final es fácil de prever. O no.
EZEQUIEL MARTINEZ
Reseña sobre el autor:
Ezequiel Martínez, profesor de Educación Física en la Escuela Universitaria de Magisterio de Oviedo. Que amablemente nos ha hecho llegar su acertado artículo, es autor del libro MENTES LUDICAS, recientemente publicado por SEPTEM EDICIONES (puede visitarse el enlace con algunos párrafos muy interesantes); en el que reivindica el juego como herramienta de aprendizaje, en lo que estamos plenamente de acuerdo. Muchas gracias Ezequiel por tu colaboración y un abrazo.
De la violencia
El saber tradicional es siempre refractario. Se ve uno obligado a oponérsele de una manera polémica. Por ejemplo, las hormigas no son tan industriosas como parece, así cada una en particular pasa una gran cantidad de tiempo haraganeando. Y, lo que es peor, las hormigas laboriosas, que son hembras, pasan una gran cantidad de tiempo acicalándose. En efecto, cuando se encara el análisis de la violencia se desemboca en la certeza de que es un mal de nuestro tiempo. Para la opinión general, la violencia se asocia a energúmenos, bárbaros, salvajes, etcétera, con la consiguiente falta de rigor en su significado.
Es que la violencia, como la vida, está en todas partes. En los océanos, el pez grande se come al chico; en los campos, la semilla de trigo que germina y se hunde en la tierra; en las aves, el pico del polluelo que rompe la cáscara del huevo; en los humanos, el niño peleón en el patio escolar; en cualquier lugar, el nacimiento de una criatura implica una cierta dosis de violencia. Y a pesar de ello nadie cuestiona a los peces, la niñez, el parir, el polluelo, o a la semilla de trigo.
El deporte espectáculo no persigue otro objetivo que el de controlar los impulsos instintivos de las masas. Éstas concentradas en ciudades y desprovistas de “aulladeros” (expresión aguda e irónica de Ciorán) en sitios periféricos para descargar las pulsiones, pasiones, emociones, sentimientos, de cualquier animal urbano, encuentran en los estadios su abono/abonado preferido.
Con mayor o menor precisión todo el mundo sabe que estas dos palabras: violencia y fútbol son sinónimos. Me explico: el fútbol no consiste en otra cosa que en violencia permitida. Un partido sin tarjetas por entradas duras deja mucho que desear, precisamente porque es una manifestación de la vida. No obstante, cuando se desplaza del terreno de juego a las gradas, se vuelve contra su propia naturaleza: está mal vista.
A veces es difícil armonizarlos, y tal vez sea esta una buena ocasión para hacer un poco de pedagogía. Pues tomar conciencia del significado de una palabra que se desarrolló en una cultura del pasado, tomar conciencia del papel de la violencia en la sociedad actual, es así tomar conciencia de la imposibilidad de hacer coincidir la palabra con el sentido que le daríamos hoy, y es por tanto despertar un escepticismo saludable.
En un texto, La gravedad y la gracia, que amalgama doctrinas gnósticas, estoicas, maniqueas y místicas, Simone Weil desarrolla su pensamiento sobre la violencia en el hombre. Parte del supuesto de que dentro de nosotros existe un principio de violencia, en una proporción limitada, que cada uno de nosotros se ve obligado a actuar como si no tuviera tal deseo o tal aversión, como un simple medio de amaestramiento. Por ejemplo: Cuando se adiestra un perro para convertirlo en un perro amaestrado, no se le fustiga por fustigar, sino para adiestrarlo y, con ese fin, se le golpea únicamente cuando hace mal un ejercicio. Si se le fustiga indiscriminadamente, se acaba haciendo lo impropio para cualquier adiestramiento. Un perro que no sabe ladrar no es un perro.
También habría que evocar a Pierre Clastres, y la admirable Arqueología de la violencia. Y si es cierto que la mayoría de los términos de tradición antropológica han sufrido, en la prensa deportiva moderna, su transfiguración banal, hay que considerar los trabajos de Norbert Elias y Eric Dunning sobre el deporte y la violencia como el semillero y el desvelo de un tema habitado por las agresiones físicas entre jugadores, entre jugadores y trencillas de turno y, en ocasiones, entre las aficiones de los dos equipos (hooliganism).
El fútbol como ariete de la violencia
La violencia que se ejerce hoy en día en la mayor parte de los estadios de fútbol es ritual, codificada, la competición no es más que una muerte simbólica en juego. Simbólicamente la frontera entre violencia simbólica y real es a menudo muy tenue.
Todo contribuye a mantener ocupadas, de la forma eficaz, a un mismo tiempo el cuerpo y la mente de masas pusilánimes.
Esto es algo aceptado, lo mismo que lo es, en gran medida, la tendencia autodestructiva del capitalismo moderno. Marx, que conocía muy bien los meandros del discurso del liberalismo económico y de su descomposición cultural, hace tiempo que lo dejó escrito:
“La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”.
Y es que la violencia en el fútbol está constituida por dos elementos ancestrales: los puños y los insultos.
Desde tiempos inmemoriales la condena de la violencia en el deporte es unánime.
Si bien es cierto que los griegos de la antigüedad, que para bien o para mal han inventado todo respecto al deporte, no nos han ofertado un modelo a imitar, parece evidente que nos han descrito una experiencia y defendido ciertos valores con tal nitidez y tal sentido de lo universal que tienen, a nuestro entender, vigencia actual.
Dos son los instrumentos o medios que les permiten atajar la violencia a la que consideran bestial e indigna del hombre:
a- El descubrimiento de la justicia
Platón en la República (II-IV) establece una correlación entre la tripartición de la ciudad y la tripartición del alma, a saber: magistrados, guerreros y labradores, por una parte; razón, cólera y deseo, por otra.
De este modo la justicia se realiza primero en la ciudad y luego en el alma (434c– 443b), lo que quiere decir que la justicia no es una virtud del alma individual, sino que es la virtud del alma de la ciudad, a la que hay que salvaguardar. Por eso la solemne declaración de Gorgias (483a-b) no ha quedado olvidada: “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. La muerte de Sócrates es un buen ejemplo. El reciente incidente de Zidane, con el italiano Materazzi en la final del Mundial de Alemania, será juzgado por un neoplatónico redecorado con influencias cristianas como una conducta reprobable “por el mal ejemplo que da a los niños”.
b- La representación de tragedias
Según Aristóteles, la tragedia representa una catarsis, es decir una purgación de las pasiones y, por consiguiente, de las violencias que resultan de ellas. Ahora bien, contrariamente a todos las tragedias que se representan en cualquier escenario, las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, son casi siempre un asunto conocido y deliberado, denotan claramente el carácter odioso de la violencia.
Por tanto, evitan escenificarla. Esta es su originalidad. Así por ejemplo, en la tragedia de Shakespeare (y no olvidemos que su patria es la patria del fútbol) terminan con las escenificaciones de muertos y cadáveres presentados ante nuestros ojos. Por esto, Materazzi, conocido ya en el mundo como Matrix, el Sucio, tras el cabezazo de Zidane cae al suelo en posición yacente, de una manera tan pura que a su través se transparenta la argucia más maquiavélica. La tragedia griega desconoce el gusto por la muerte, el suicido, la muerte no se muestra a la vista.
En fin, si interpretamos mal la justicia (como es el caso de la exclusión del Mundial de Alemania del árbitro internacional Mejuto; y en nuestros teatros representamos las tragedias de Shakespheare y comedias ) el resultado final es fácil de prever. O no.
EZEQUIEL MARTINEZ
Reseña sobre el autor:
Ezequiel Martínez, profesor de Educación Física en la Escuela Universitaria de Magisterio de Oviedo. Que amablemente nos ha hecho llegar su acertado artículo, es autor del libro MENTES LUDICAS, recientemente publicado por SEPTEM EDICIONES (puede visitarse el enlace con algunos párrafos muy interesantes); en el que reivindica el juego como herramienta de aprendizaje, en lo que estamos plenamente de acuerdo. Muchas gracias Ezequiel por tu colaboración y un abrazo.

