La tecnología avanza más deprisa que sus creadores. Esto jamás había ocurrido antes en los avatares de la historia humana.
En la antigüedad, cada invento que surgía de la mente de un ciudadano ingenioso, tardaba décadas en expandirse por el mundo. Hoy los adelantos en la comunicación permiten que un científico de Idaho, colabore con uno de Seúl, mientras participan en el proceso dos amigos, uno desde Durban y otro desde Laponia. Los resultados de esta conjunción imposible hace dos décadas se verán en los próximos años.
Las cosas avanzan tan deprisa que nos dejan atrás. Nadie podría leer los millones de páginas que contiene google aunque dedicara varias vidas al asunto. Un especialista de cualquier materia, sólo puede acceder a menos del 10 % de lo que se publica, dedicando todo su tiempo al propósito.
Los tiempos cambian, pero viene bien acordarse de alguna anécdota interesante, recuerdo que cuando hacía el bachiller, algún profesor de matemáticas se empeñaba en que no acudiéramos con la “casio” a clase, por que esta asignatura debía aprenderse desde la base. Pocos años después escuché una historia que me hizo reir, una profesora le pregunto a un mozalbete de diez años, que como se hacían las raíces cuadradas, y el niño dijo textualmente: con una calculadora.
Parece una tontería, pero la respuesta del muchacho es determinante, no admite concesiones u otras posibilidades. Una raíz cuadrada se hace con una calculadora. Y tiene razón. Los veinte años que transcurren desde mi anécdota a la suya definen el cambio de criterio. La calculadora pasa de ser una posibilidad instrumental a ser una necesidad imprescindible.
Con los libros ocurre lo mismo, antes para hacer un trabajo sobre la conquista de América, uno se pateaba las bibliotecas de su asentamiento con la intención de encontrar las crónicas de Indias en varios tomos escritas por ilustres recopiladores. Hoy con un toque de tecla uno entra en un buscador y le sale toda la información, la oficial, la crítica y la comentada, sobre la cuestión. El conocimiento se ha hecho más mecánico, tal vez demasiado.
Pero si observamos cualquier territorio de la vida cotidiana ocurre lo mismo, recuerdo que con pocos años, las tardes de domingo se veía a muchos aficionados con el pinganillo en la oreja escuchando las retransmisiones de los partidos (lo que todavía existe), hoy sin embargo, se puede seguir la liga inglesa, la francesa o la Argentina y ver los partidos en directo a través de internet. Sigue habiendo aficionados como entonces, pero más afortunados.
En la cuestión de la alimentación, ha pasado otro tanto, cuando era niño, llegué a conocer a las lecheras con burro, se bajaba el hervidor al portal, deme dos litros y al día siguiente lo mismo. Se comía al día, tanto por lo económico, como por los medios de conservación. Hoy se descuelga el teléfono, se mira la página del hipermercado correspondiente y te colocan en casa cerezas del Kazakas y chocolate de la India. Si, realmente las cosas han cambiado.
A veces me gusta relatarles a mis hijos como eran las cosas entonces, sin Play Station, MSN, ni móvil, ni ordenador, ni cincuenta canales de televisión, y aún así, sobrevivimos. Me miran atónitos, como diciendo ya está mi padre contando batallitas, y entonces, más que padre me siento abuelo. Va todo tan deprisa.
Pero tengo mis dudas, no sé realmente donde se encuentra la línea que separa el progreso de la esclavitud. Tampoco tengo muy claro si las máquinas nos benefician siempre o si acaso nos perjudican más de lo que pensamos. Tal vez cuando uno piensa esto sea el comienzo de la senilidad, pero aún así me resisto a creer que todo funciona tan espectacularmente bien.
Sobretodo cuando nuestros hijos crecen y descubren que todo lo que consumen cuesta más de lo que pueden pagarse por sí mismos. Entonces se dan cuenta de que en cierta forma han sido coaccionados al consumo y se quejan de la injusticia de su sueldo en un mundo tan arrebatado de cosas que les apetecen.
Aquí es donde se despiertan del sueño, de la hipnosis a que han estado sometidos mientras vivían en la dependencia abundante de sus padres, y pensaban en las inagotables fuentes de recursos que les llegaban.
Aquí es cuando se dan cuenta de que no van a ser dueños de sus vidas jamás, por que han adquirido tantas dependencias que serían incapaces de vivir felices sin ellas. El mundo se convierte en un señor feudal con cara de banquero.
Que nadie entienda mis palabras como un canto retrógrado de regreso a la Arcadia feliz. Soy de los que disfrutan de las nuevas tecnologías como un enano. Y me siento muy satisfecho de que existan, pero, siempre hay un pero, siempre que nuestro mundo no se convierta exclusivamente en una construcción robótica.
Mis hijos se atiborran de tecnología, y yo no lo impido, su mundo va a ser precisamente un engendro mecanizado. Esto no me preocupa, pero, si que no se rían, que no salgan a la calle, que no se pierdan en la vida, que no sepan fracasar más que en un juego de Nintendo.
Creo que si todo lo que nos ofrecen las grandes compañías de ocio y bienestar parece tan fácil, y en realidad, en nuestra vida, cada día, observamos que alcanzar mínimos objetivos y mantenerlos cuesta lo suyo, algo no debe ser cierto. O quizás sea que antes sólo nos explotaban en la producción, como ahora, y ahora también nos explotan en el consumo, cosa que antes no ocurría.
De los excesos de requerimientos proviene la inmovilidad, y después, un largo sueño hipnótico que acaba en letargo, indefensión, apatía y muchas patologías. Lástima que los dulces sueños de la opulencia, se conviertan con el paso del tiempo en las espeluznantes pesadillas del infortunio de renunciar a la libertad de vivir, para poder pagar las letras después de hacer números.
En la antigüedad, cada invento que surgía de la mente de un ciudadano ingenioso, tardaba décadas en expandirse por el mundo. Hoy los adelantos en la comunicación permiten que un científico de Idaho, colabore con uno de Seúl, mientras participan en el proceso dos amigos, uno desde Durban y otro desde Laponia. Los resultados de esta conjunción imposible hace dos décadas se verán en los próximos años.
Las cosas avanzan tan deprisa que nos dejan atrás. Nadie podría leer los millones de páginas que contiene google aunque dedicara varias vidas al asunto. Un especialista de cualquier materia, sólo puede acceder a menos del 10 % de lo que se publica, dedicando todo su tiempo al propósito.
Los tiempos cambian, pero viene bien acordarse de alguna anécdota interesante, recuerdo que cuando hacía el bachiller, algún profesor de matemáticas se empeñaba en que no acudiéramos con la “casio” a clase, por que esta asignatura debía aprenderse desde la base. Pocos años después escuché una historia que me hizo reir, una profesora le pregunto a un mozalbete de diez años, que como se hacían las raíces cuadradas, y el niño dijo textualmente: con una calculadora.
Parece una tontería, pero la respuesta del muchacho es determinante, no admite concesiones u otras posibilidades. Una raíz cuadrada se hace con una calculadora. Y tiene razón. Los veinte años que transcurren desde mi anécdota a la suya definen el cambio de criterio. La calculadora pasa de ser una posibilidad instrumental a ser una necesidad imprescindible.
Con los libros ocurre lo mismo, antes para hacer un trabajo sobre la conquista de América, uno se pateaba las bibliotecas de su asentamiento con la intención de encontrar las crónicas de Indias en varios tomos escritas por ilustres recopiladores. Hoy con un toque de tecla uno entra en un buscador y le sale toda la información, la oficial, la crítica y la comentada, sobre la cuestión. El conocimiento se ha hecho más mecánico, tal vez demasiado.
Pero si observamos cualquier territorio de la vida cotidiana ocurre lo mismo, recuerdo que con pocos años, las tardes de domingo se veía a muchos aficionados con el pinganillo en la oreja escuchando las retransmisiones de los partidos (lo que todavía existe), hoy sin embargo, se puede seguir la liga inglesa, la francesa o la Argentina y ver los partidos en directo a través de internet. Sigue habiendo aficionados como entonces, pero más afortunados.
En la cuestión de la alimentación, ha pasado otro tanto, cuando era niño, llegué a conocer a las lecheras con burro, se bajaba el hervidor al portal, deme dos litros y al día siguiente lo mismo. Se comía al día, tanto por lo económico, como por los medios de conservación. Hoy se descuelga el teléfono, se mira la página del hipermercado correspondiente y te colocan en casa cerezas del Kazakas y chocolate de la India. Si, realmente las cosas han cambiado.
A veces me gusta relatarles a mis hijos como eran las cosas entonces, sin Play Station, MSN, ni móvil, ni ordenador, ni cincuenta canales de televisión, y aún así, sobrevivimos. Me miran atónitos, como diciendo ya está mi padre contando batallitas, y entonces, más que padre me siento abuelo. Va todo tan deprisa.
Pero tengo mis dudas, no sé realmente donde se encuentra la línea que separa el progreso de la esclavitud. Tampoco tengo muy claro si las máquinas nos benefician siempre o si acaso nos perjudican más de lo que pensamos. Tal vez cuando uno piensa esto sea el comienzo de la senilidad, pero aún así me resisto a creer que todo funciona tan espectacularmente bien.
Sobretodo cuando nuestros hijos crecen y descubren que todo lo que consumen cuesta más de lo que pueden pagarse por sí mismos. Entonces se dan cuenta de que en cierta forma han sido coaccionados al consumo y se quejan de la injusticia de su sueldo en un mundo tan arrebatado de cosas que les apetecen.
Aquí es donde se despiertan del sueño, de la hipnosis a que han estado sometidos mientras vivían en la dependencia abundante de sus padres, y pensaban en las inagotables fuentes de recursos que les llegaban.
Aquí es cuando se dan cuenta de que no van a ser dueños de sus vidas jamás, por que han adquirido tantas dependencias que serían incapaces de vivir felices sin ellas. El mundo se convierte en un señor feudal con cara de banquero.
Que nadie entienda mis palabras como un canto retrógrado de regreso a la Arcadia feliz. Soy de los que disfrutan de las nuevas tecnologías como un enano. Y me siento muy satisfecho de que existan, pero, siempre hay un pero, siempre que nuestro mundo no se convierta exclusivamente en una construcción robótica.
Mis hijos se atiborran de tecnología, y yo no lo impido, su mundo va a ser precisamente un engendro mecanizado. Esto no me preocupa, pero, si que no se rían, que no salgan a la calle, que no se pierdan en la vida, que no sepan fracasar más que en un juego de Nintendo.
Creo que si todo lo que nos ofrecen las grandes compañías de ocio y bienestar parece tan fácil, y en realidad, en nuestra vida, cada día, observamos que alcanzar mínimos objetivos y mantenerlos cuesta lo suyo, algo no debe ser cierto. O quizás sea que antes sólo nos explotaban en la producción, como ahora, y ahora también nos explotan en el consumo, cosa que antes no ocurría.
De los excesos de requerimientos proviene la inmovilidad, y después, un largo sueño hipnótico que acaba en letargo, indefensión, apatía y muchas patologías. Lástima que los dulces sueños de la opulencia, se conviertan con el paso del tiempo en las espeluznantes pesadillas del infortunio de renunciar a la libertad de vivir, para poder pagar las letras después de hacer números.

